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Hace unos días nos dejó don José Bermejo, el hombre que dio vida a nuestro querido Buenacara.

Recuerdo cuando le entregué una copia del libro y le pedí que dibujase al personaje en base a la escueta descripción física que había en el texto.

A los pocos días me llamó para enseñarme un boceto.

Y allí estaba Buenacara. Don José le había dado la vida, a él y a su inseparable Lucrecio. Nadie lo hubiese hecho mejor. Y en menos de una semana tuve el resto de ilustraciones para mi primer libro infantil.

Don José siempre fue un gran ilustrador. Ya de pequeño llenaba hojas y hojas con bellos dibujos.

Y nunca dejó de hacerlo, mientras pudo.

Su obra es enorme y de gran calidad artística. Miles de trazos entrecruzados para generar figuras, monumentos y paisajes. Sin borrones, sin esfuerzo aparente detrás de una enorme paciencia y dedicación.

Pero sus ilustraciones no han llegado al gran público, al menos de momento. La indecencia injusta de esta vida que pone a prueba los corazones soñadores, esta existencia dura y hermosa a la vez.

Por eso, y aunque podría hablar de otras muchas virtudes, quiero centrar mi humilde homenaje en el artista.

Y darle las gracias.

Gracias, don José, por enseñarme sus dibujos, por insuflar el aire de vida en Matías Buenacara y por su amistad sincera y noble.

Gracias por fotografiar el mundo con su pluma, por no rendirla nunca.

Un gran abrazo, don José, y hasta pronto.